viernes, 29 de abril de 2016

Una novela para la tercera España (Elena Fortún. “Celia en la revolución”. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2016.). Primera parte



Monumento a Elena Fortún en el Retiro

A modo de justificación

Hace ya tres años, en su blog “Carta de batalla”, Bremaneur lanzó una pregunta al aire: “¿Qué queremos leer sobre la guerra?”. Pocos días después, el 3 de septiembre, colgué este comentario al final del post: “…espero encontrar ese detalle, ese pálpito de vida que haga más inteligible el desastre. A veces me temo que solo nos queda la literatura para hacernos una idea aproximada de la realidad”.


Esa esperanza nunca me ha abandonado, y únicamente se ha visto satisfecha, aunque de forma parcial o fragmentaria, en alguna de las novelas o ensayos que me he atrevido a reseñar aquí estos últimos años, a excepción del librito de Julián Marías “La GuerraCivil, ¿cómo pudo ocurrir?”  y los relatos de Manuel Chaves Nogales reunidos bajo el título “A sangre y fuego”. Si el primero me ayudó a cimentar sobre una sólida base de pensamiento todas las ideas dispersas que había ido acumulando sobre los motivos que empujaron a los españoles a un enfrentamiento de semejante envergadura, la lectura de las narraciones del periodista sevillano supuso el descubrimiento de una forma diferente de recrear lo sucedido, un camino que se salía de lo común, una vía, esa “tercera vía” tan traída y llevada, como desconocida, silenciada y, ¿por qué no decirlo?, ninguneada por todos.



Con la impresión que me habían dejado los cuentos de Chaves Nogales todavía a flor de piel, volví a toparme con el personaje en la monumental obra de Andrés Trapiello “Las armas y las letras”, otro Eldorado, una fuente inagotable de datos y opiniones a la que siempre hay que acudir y que merece algún comentario que no puedo abordar aquí y ahora.
Encarnación Aragoneses (Elena Fortún, 1886-1952)

Y como si de un canasto de cerezas se tratara, tirando de Trapiello salió enredada otra pieza y con ella se derramó todo el cesto, mezclándose sobre el tapete lo personal y lo intelectual, los recuerdos familiares y muchas preguntas que, apena reconocerlo, ya nunca obtendrán respuesta. Porque cada libro que leemos, aparte de lo que invoca su lectura, vive unido al momento en que decidimos dejarnos llevar de su mano y a las circunstancias que lo rodean, creando otra narración, otra historia, que añaden un valor intangible y emocional al original...

Intentaré explicarme.
A finales del pasado año y comienzos de este se divulgó la noticia de la inminente reedición de la novela de Elena Fortún “Celia en la revolución”, puesta en borrador el 13 de julio de 1943, e inédita hasta 1987, 35 años después de fallecer su autora. Desde entonces, se había convertido en una de esas rarezas bibliográficas que los aficionados son incapaces de encontrar por mucho que rebusquen en librerías de viejo. El prólogo de esta nueva edición, que saca a la luz la editorial sevillana Renacimiento, corre a cargo de Andrés Trapiello, al que sigue una pequeña, demasiado escueta introducción de Marisol Dorao, biógrafa de Encarnación Aragoneses (1886-1952), la escritora que se oculta detrás del pseudónimo de Elena Fortún, y a cuya tesis doctoral en curso hacía referencia, lamentando no haber podido ocuparse de este trabajo, Carmen Martín Gaite en un ciclo de conferencias que dictó en la Fundación Juan March en otoño de 1992 bajo el título “Elena Fortún y su tiempo”. Antonio Gallego actuó como maestro de ceremonias en dicha ocasión, anunciando que en cualquier momento TVE proyectaría la serie “Celia”, con guión escrito al alimón por la salmantina y José Luis Borau. Dicha serie, que consiguió grabar en video mi cuñado después de mil insistencias de su madre y cuando habían pasado ya diez años de su estreno televisivo, se veía una y otra vez, independientemente de la calidad de una cinta gastada por exceso de uso, en casa de mis suegros con la intención de entretener, con mayor voluntad que éxito, a nuestra hija Itziar, que no contaría con más de cuatro o cinco años y que apenas era capaz de entender el aparentemente sencillo argumento de la trama. Qué duda cabe que con ello la abuela Clara recuperaba un paraíso infantil a través de una niña en la que podía verse reflejada, al haber compartido unas circunstancias vitales similares, a lomos del recuerdo de los momentos de placer que le proporcionó la lectura de su vida y andanzas. También disfrutaba sacando parecidos entre la niña que interpretaba a la preguntona e inquieta Celia e Itziar que, como no podía ser menos, salía ganadora de toda comparación.

Yo no sé si mi madre leyó alguna novela de Elena Fortún, aunque conocía los cuentos de Celia y su hermano Cuchifritín (apelativo que siempre he considerado a medio camino entre lo ñoño y lo pijo) y probablemente cayera en sus manos antes de la guerra algún ejemplar de Celia editado por Aguilar y que fueron prohibidos por la censura en 1945, curiosamente el mismo año en que se alzara Carmen Laforet con el Premio Nadal con su novela “Nada”, una novela en absoluto complaciente con la realidad que le rodeaba. Cosas de la censura. Lo cierto es que al leer “Celia en la revolución”, no he dejado de pensar en ella, en mi madre, y de recordar todas esas anécdotas que nos contaba de pequeños, mil veces repetidas, pero que en cada ocasión parecía única, ya fuera por la entonación o la emoción que se adivinaba detrás de sus palabras y sobre todo, de sus silencios. Los miedos, las penalidades, los bombardeos, el hambre, el ingenio desplegado para paliar en lo posible las necesidades y las ausencias son los motores que impulsan la vida de Celia Gálvez en la novela que vamos a reseñar, los mismos que padecieron Merche, Pili y Menchu, mi madre y sus hermanas, tres chicas de la misma edad que la protagonista, que compartían el miedo a los coches que frenaban en seco delante del portal y que, seguidos de pasos apresurados por la escalera, no auguraban nada bueno, las incursiones aéreas, o las ratas que campaban a sus anchas por las calles. De haber tenido entonces las inquietudes que ahora me acompañan, habría intentado apurar al máximo ese caudal de recuerdos, retomando un hilo ya imposible de recuperar.




Portada de la edición de 1987 de "Celia en la Revolución"


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